Esquela por la España industrial 1959-2023
- carismayvalor
- Sep 14, 2023
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Escribir una esquela no es tarea fácil, queridos desdentados y deplorables, y lo es aún menos cuando se trata de dar certificado de defunción de una etapa decisiva en la historia de tu país que supone no sólo un fin de ciclo sino un fin a secas. El final. The end. Un “esto es todo, amigos” pero sin dibujos animados.
Esta semana nos desayunábamos con la noticia, trágica y trascendental -y por eso silenciada por todas las babosas mediáticas- de la desaparición de SEAT como empresa fabricante de automóviles. Con el añadido -un remedo de justicia poética y “et tu, Brute?”- de que coincidió con la visita de Cosaschulísimas Díaz al prófugo de Waterloo, lo cual añadió una especial tonalidad de amargura y de absoluto fin-de-siècle al evento en sí. Diríase que los dioses quieren rubricar el derrumbe de España sin dejar un mínimo resquicio a la duda o la esperanza.
Así pues, tras más de setenta años nos dicen –“pitas, pitas, pitas”- que la SEAT quedará para patinetes y motillos. Parece. En cualquier caso, no deja de ser una elipsis brutal y cargada de significado de lo que es la historia de España de los últimos cincuenta años: del mítico 600 que abrió todo un nuevo mundo a los españoles a una patineta que no nos lleva a ninguna parte. Como en el libro del gran Fernando Fernán-Gómez, “El viaje a ninguna parte”. No nos movemos; de hecho, sí lo hacemos, pero hacia atrás. ¿Algún genio de la mercadotecnia paletológica lo habrá bautizado ya como “movilidad inversa o resiliente” o algo por el estilo?
Cuando no tienes nada, ni siquiera una lengua digna que llevarte a la boca, brotan como hongos estos neo-palabros que sólo evidencian los vacíos que se afanan por disfrazar mísera y patéticamente.
No quiero desviarme del objeto de esta crónica dolorosamente posible así que retomo el hilo inicial y expongo la esquela por una España que ya fue, la España industrial y próspera cuyo punto de partida situamos claramente en el Pacto de Estabilidad de 1959, cuando España gozaba aún de una clase dirigente digna de tal nombre y que desde los años ochenta se ha ido desprendiendo -oh Mercado Común Europeo, oh Unión Europea, oh el hijo pródigo que regresa por fin a la “modernidad”- capa a capa de toda su riqueza productiva hasta quedar reducida a huesos, patinetas y motillos.
Ésta es pues la esquela por un difunto, la España industrial y próspera que nació en 1959 y ha muerto -ha sido asesinada, vil y arteramente- en 2023 ante la indiferencia general de buena parte de los españoles, pueblo derruido, pueblo-escombro y escombrera de toda la basura ideológica de la postmodernidad, postpueblo, post-de-todo mientras crea que puede aún “disfrutar” de los pequeños placeres de la vida. “¡Mi reino por una terraza y una tapa!” parece exclamar el postespañol en un grito que es en realidad una agonía disfrazada de solecito y paellitas en la playa mientras un burócrata-fulano ordena arrancar el último olivo de nuestras tierras y se extingue el rumor de la última chimenea, sonata funeral que se lleva nuestro nombre por los aires.
Porque con esta España industrial y próspera que muere morimos todos nosotros, los que sabemos qué está en juego y los que juegan en una Babia perpetua a la espera de que “algo caerá”. Sí, algo les caerá encima: la maza de la miseria y de la desesperación. Entonces, quizá, saldrán a los caminos pero ya no habrá más que piedras y palos, polvo y ruinas, la memoria angustiada de aquella terraza y aquella tapa que ya no volverán. Las golondrinas de Bécquer tampoco lo harán y los balcones nos reprocharán, mudos, nuestra cobardía y nuestra mezquindad al dejar que nos lo arrebataran todo.
Vivimos ya instalados en nuestro réquiem pero aún no lo sabemos. Con el hundimiento de la SEAT ya no tenemos excusa: ahora la esquela se ha completado. Podemos fechar con precisión la hora de la muerte de la víctima. Ya no hay excusas pero no me hago ilusiones -¿cómo podría después de los tres últimos años, cómo?- y soy consciente de que cuando salgo a la calle veo ya a tantos cadáveres andantes que no saben que han muerto en vida y, cual sonámbulos, prosiguen su viaje -alguno en patineta, alguno en motillo- hacia ninguna parte.
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